El árbol está instalado de una u otra forma en la memoria histórica de todos los pueblos del mundo; en él el hombre ha visto sus raíces étnicas, mágicas, religiosas o naturales más ancestrales. Así, hay innumerables ejemplos de estas interpretaciones de la figura del árbol. En nuestra cultura judeocristiana hay referencias al Árbol de la Sabiduría, que se situó en el centro del Paraíso Terrenal, era la fuente de la vida eterna y se relaciona con el Lignum Crucis de la Pasión de Cristo. En las culturas nórdicas europeas existe el árbol Ygdrasil, un enorme fresno que une el cielo con la tierra y el infierno. De las mismas culturas nórdicas y centroeuropeas procede la utilización del abeto o del acebo como símbolo e invocación del renacimiento primaveral, centrado en los ritos del solsticio de invierno; éste es el origen del árbol de Navidad. También son muy conocidos los ritos grecorromanos relacionados con el laurel y el olivo. Pero en cualquier otra cultura, por lejana que sea, encontraremos ejemplos similares: la cultura hindú reconoce el mito del Árbol Cósmico, árbol del que emana el conocimiento profundo y bajo el cual Siddharta llegó al estado de Buda, los pueblos del África austral tienen mitos y leyendas relacionados con el baobab, al igual que los pueblos mesoamericanos con la ceiba.

Baobab africano

Baobab africano

Más modernamente, la imagen del árbol ha servido como seña de identidad nacional y podemos ver la silueta de un cedro en la bandera del Líbano o de la hoja de arce en la enseña nacional canadiense. Incluso la significación de ésta imagen del árbol, ubicado en la memoria histórica, se ha utilizado como reclamo publicitario o como emblema de organismos internacionales. Tal es el caso del árbol del viajero de Madagascar, elegido como emblema de la Asociación Internacional de Jardines Botánicos.

Árbol del viajero de Madagascar

Árbol del viajero de Madagascar

Pero, además, el árbol es un referente continuo en nuestra vida cotidiana.

Al caminante:

Tú que pasas y tiendes para mí tu brazo,

Antes de que me hagas daño, óyeme:

Yo soy el calor de tu lar en las noches frías de invierno.

Yo soy la sombra amiga que encuentras bajo el sol del estío.

Mis frutos son la frescura apetitosa que sacia tu sed en los caminos.

Yo soy la viga de tu casa, la tabla de tu mesa, la cama en que descansas y la cuna que mece a tus hijos.

Yo soy, al cabo de la jornada, la puerta de tu hogar, la madera de tu barco y la de tu ataúd.

Yo soy el pan de la bondad y la flor de la belleza.

Tú que pasas óyeme bien y no me hagas mal.

Estas palabras, en su portugués original, jalonan algunos de los más bellos rincones lisboetas. Me impresionan por su sencillez y agradezco, a un autor que desconozco, que sintetice tan acertadamente la humildad y la grandeza del árbol.

El hombre tiene, indudablemente, una gran deuda con el árbol pero, con demasiada frecuencia, lo que debiera ser gratitud se vuelve agresión o indiferencia. Si la ignorancia, que está detrás de tantas brutalidades cometidas por los humanos, es la razón de la ingratitud, desde la Sociedad de Amigos estamos obligados a aportar nuestro grano de arena, para conseguir que los árboles de nuestro entorno se conviertan en protagonistas de nuestro paisaje cotidiano, integrándose en nuestra vida con el respeto que a lo largo de nuestra historia se han ganado.

Por tanto, pretendemos abrir con ésta una serie de colaboraciones relacionadas con “los árboles en nuestro entorno”.

Animamos a nuestros socios/as y amigos/as a participar en esta iniciativa y apuntamos algunos temas que consideramos podrían ser interesantes:

  • Árboles ejemplares e históricos de Córdoba
  • El papel del árbol en el urbanismo de nuestra ciudad
  • El árbol, la madera y los convenios CITES
  • Manejo de la arboleda urbana
  • El árbol en el jardín

Alfonso Jiménez Ramírez
Biólogo
Socio nº 120